LEY FINTECH: PROMOTORA DE LA CULTURA FINANCIERA EN MÉXICO

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Desde la perspectiva financiera, el manejo adecuado del dinero juega un papel crítico en las actividades cotidianas de los ciudadanos, donde la organización óptima garantiza la posesión de control sobre las entradas y salidas de capital. No obstante, en México existe una proporción alta de la población total que carece de educación económica, resultando en una débil cultura financiera. Los comportamientos como los patrones de consumo inconsiderados y una mentalidad a corto plazo definen el rezago a comparación global.

Juan de Dios comenta en su obra: “Educación financiera en México; la poca difusión de programas financieros para el desarrollo económico” que “cuando se carece de educación financiera se refleja en la mala planeación de los ingresos y gastos, el no saber utilizar los servicios y programas que ofrece el gobierno y las instituciones financieras”. Como resultado, el conocimiento limitado e informal que tiene la población mexicana respecto al ambiente económico revela una degradación que frena el potencial económico individual y nacional.

Como respuesta a la problemática, el apoyo gubernamental hacia el impulso de la fuerza económica y productiva interna se ha fortalecido. Dentro de los proyectos novedosos que demuestran estos esfuerzos se encuentra la Ley Fintech, la cual sirve como regulación de la modernización de servicios financieros y su ajuste a las demandas contemporáneas. El creciente portafolio de instrumentos tecnológicos normalmente se ve plasmado en aplicaciones, ofreciendo al consumidor una gran variedad de herramientas de pago, préstamos e inversiones “en la palma de su mano”. De esta manera, se proveen los pilares esenciales para adentrar a los usuarios en el mundo de las finanzas a través de la tecnología.

Entre los objetivos principales de esta ley destacan el de suministrar facilidad y comodidad de uso a través de dispositivos móviles, garantizar transparencia en los servicios financieros, al igual que fomentar la relación entre instituciones especializadas y los usuarios, creando adicionalmente una adaptación bancaria para los jóvenes a través de la inclusión tecnológica.

Desde una perspectiva personal, este marco legal incentiva a la población a depender menos del dinero físico y actualizarse hacia el uso de la tecnología financiera transparente y confiable. Según la Encuesta Nacional de Inclusión Financiera 2015 de la CNBV, la forma de pago popular en México es el efectivo, donde el 92.1 por ciento de la población muestra una clara preferencia por el uso de dinero físico, por costumbre y desconfianza de las tarjetas plásticas, principalmente.

Lo anterior resalta la importancia de esta innovación para fomentar una diversificación y penetración de canales alternos. Como efecto, John Crabb concluye: “México puede beneficiarse de la regulación Fintech” porque presenta el potencial de posicionarse como uno de los países vanguardistas de Latinoamérica en desarrollo legislativo y tecnológico en el área financiera”.

Entre los aspectos ideales, como algunos de los hábitos que caracterizan a un individuo con cultura financiera sana están: el seguimiento de un presupuesto personal, la utilización de servicios financieros, la planificación hacia la jubilación y la diversificación de las inversiones, entre otas.

Independientemente de la complejidad del tema, estas herramientas pueden ser puestas en práctica por cualquier persona interesada en tener control sobre su patrimonio personal, y la tecnología financiera puede acercarlos a un sano desarrollo de sus finanzas personales. Estos serían los primeros pasos hacia la formación de habilidades y estrategias, donde se cambia el hábito del “compro, luego existo” al “ahorrar para días difíciles”.

En México, el aprovechamiento de los servicios e instrumentos financieros es pobre, donde el público se conforma con prácticas tradicionales en lugar de aprender sobre las ventajas que ofrece el panorama financiero actual y formar un ejercicio económico estable. Por consiguiente, México actualmente se encuentra en una etapa de transición, donde los programas financieros observan una evolución tecnológica y legislativa para el beneficio del público. El camino hacia el progreso depende de la participación recíproca entre el gobierno, las instituciones y la población. Hoy en día, la clave recae en las manos del consumidor, donde su inteligente reacción representa una actuación social para comenzar el movimiento hacia un futuro financiero diversificado y transparente.

Fuente: El Financiero

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