SOCAPS, FUNDAMENTALES PARA TRANSFORMAR DEL CAMPO

 

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Ante la baja penetración de servicios financieros que existe en el sector agropecuario del país, las sociedades cooperativas de ahorro y préstamo han demostrado que pueden incidir favorablemente en el desarrollo de las unidades productivas de este rubro, por lo que la banca de desarrollo debe de apoyar el crecimiento de este tipo de organizaciones financieras, según el libro ¡Otro campo es posible!

La publicación, elaborada por investigadores de la Universidad Chapingo, explica que en México sólo 12.6% de las unidades económicas rurales tiene acceso a financiamiento formal, además de que hay una alta concentración regional, pues las regiones del norte-noreste concentran 47% del financiamiento total y las del sur sureste sólo reciben 22 por ciento.

Para el investigador Manrrubio Muñoz, uno de los autores de dicha publicación, las cooperativas de ahorro y préstamos son un ejemplo de la forma en que las personas se pueden organizar para proveerse de servicios financieros, por lo que tienen que ser potencializadas por el gobierno para apoyar en la transformación del campo mexicano.

“Tenemos que pensar en un sistema financiero en el sector rural que contemple movilizar el ahorro que hace la población y prestárselo al que lo ocupa. Las cifras de la Encuesta Nacional Agropecuaria arrojan que la principal fuente de crédito formal en el campo son las cajas populares (o cooperativas de ahorro y préstamo), o sea, no es ni la banca de desarrollo ni la comercial, son las cajas populares, eso nos quiere decir que las cajas prácticamente se dedican a captar ahorro y a prestarles a sus socios”, explicó Manrrubio Muñoz durante la presentación del libro.

La publicación menciona que uno de los argumentos para explicar la baja cobertura de crédito en el campo, en particular para ejidatarios y comuneros, los cuales representan 53% de la tierra cultivada y 76% de los terrenos rurales, es la indefinición de los derechos de la propiedad y la dificultad que se tiene para usar la tierra como garantía.

Ante este escenario, se destaca que se tiene una arquitectura financiera rural disfuncional, pues hay una baja cobertura crediticia, en donde se otorgan créditos de corto plazo, que sólo cubren flujos de efectivo, y no financiamiento de largo plazo para invertir y capitalizar a las unidades de producción.

“Entre el año 2000 y 2011, 79% del crédito fue del primer tipo (de corto plazo)”, se puede leer en la publicación.

Además de la concentración regional del financiamiento rural, también señala la concentración de éste para grandes productores. “Entre el 2014 y el 2011, los productores con ingresos anuales netos inferiores a 1,000 salarios diarios mínimos sólo recibieron 20% del crédito total, mientras los que obtienen ingresos anuales netos mayores a 3,000 salarios mínimos diarios recibieron 61 por ciento”.

En este escenario, las entidades financieras, como las socaps, han logrado penetrar en algunas regiones agropecuarias con casos de éxito, con el otorgamiento de servicios financieros basados en el comportamiento de las personas, es decir, con el paso del tiempo generan un historial que representa un aspecto fundamental para la autorización y otorgamiento de un financiamiento.

“De esta manera, se reducen los problemas de información asimétrica y riesgo moral en los acreditados, generando incentivos para convertirse en un socio cumplido y responsable”, detalla el libro.

En esta perspectiva, el libro enfatiza la posibilidad de constituir entidades financieras sostenibles, como las socaps, basadas en la capacidad de las personas para organizarse por sí mismas, confiar y trabajar unas con otras. “A ello debería de abocarse la banca de desarrollo, en particular FIRA”.

Fuente: El Economista

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